Un paseo por los jardines de Versalles para conocer su fantástica historia


No cabe duda de que Versalles tiene uno de los jardines más impresionantes del mundo. Puede que a unos les guste más y a otros menos, quizás a ti no te parezca el conjunto verde más bonito del planeta; pero su extensión, la cantidad de elementos que albergan y el orden impecable de toda su estructura vegetal, son absolutamente majestuosos. Versalles es un dominio inmenso, con tres palacios rodeados de parques repletos de esculturas, fuentes, templetes y todos los caprichos que un jardín pueda tener.


Aprovechamos algunas fotografías de un viaje reciente para hablar de él. Aunque las fotos están hechas con la cámara del móvil y no tienen muchísima calidad, servirán para acercarnos al lugar mientras relatamos los detalles interesantes su fantástica historia.

Antes de ser esta obra arquitectónica barroca que conocemos hoy en día, con puertas y ventanas doradas, estancias repletas de tesoros y jardines bien cuidados, los dominios de Versalles eran un humilde feudo rodeado de bosques llenos de faisanes, jabalíes y ciervos, al que Luis XIII, siendo todavía un niño, acudía a cazar con su padre Enrique IV, rey de Francia.

El joven Delfín, coronado en 1610, regresó algunos años más tarde a Versalles y su gusto por el lugar se hizo más fuerte. En 1623 decidió construir un pabellón de caza donde pernoctar, una residencia humilde que nada tenía que ver con el palacio que hay ahora. Su agrado por los placeres que la zona ofrecía le llevaron a comprar parte del feudo y reconstruir el edificio, que en 1934 ya se parecía bastante al palacio que conocemos en la actualidad.

Pero el gran protagonista de Versalles es Luis XIV, el Rey Sol, quien asumió el papel de arquitecto para convertir el castillo construido por su padre y la finca circundante en la obra maestra que es hoy en día. Amante del aire libre y los jardines, trasladó la Corte a este lugar para tenerla entretenida y sometida. Necesitó ampliar el château para albergar a más de 20.000 personas y crear los más finos y deliciosos jardines donde ofrecer a sus cortesanos toda clase de placeres.


El jardín del palacio, encargado a André le Nôtre, se diseñó para enaltecer el mito de Apolo, al que se representaba con el Sol, y se identificaba también con el soberano. Está estructurado en varias terrazas que llevan de los jardines (naturaleza controlada por el hombre) al bosque (naturaleza libre). En el primer nivel están dispuestos los parterres, totalmente sometidos, con setos bajos que encierran plantas de exuberantes flores. Dos estanques reflejan la grandiosidad del edificio.


El Tapis Vert, una gran avenida verde que arranca en la fuente de Latona y finaliza en la de Apolo, constituye el segundo nivel del jardín, menos rígido que el anterior. En ambos lados del recorrido crecen pequeños árboles perfectamente dispuestos, pero con cierto desahogo. Entre ellos hay estanques, esculturas, columnatas y otros elementos arquitectónicos. El paseo finaliza en la gigantesca fuente de Apolo, con una estatua del dios emergiendo de ella para iluminar el mundo.


El agua es la protagonista del tercer y último nivel del jardín, un enorme estanque en forma de cruz formado por el Grand Canal y el Petit Canal. En el canal había un gran número de embarcaciones: una galera, una fragata, buques mercantes, góndolas y botes de remos. La Flotilla Real de Versalles servía al monarca con un doble propósito: los barcos pequeños se utilizaban para entretener a la corte, y los grandes para mostrar el gran poder del rey.


Todo este espacio ajardinado ocupaba una cuarta parte del Dominio Real de Versalles, más allá se extendía el bosque libre. Fue construido en cuatro etapas, entre 1662 y 1709. Supuso obras de enorme magnitud y un complejo sistema hidráulico para almacenar y distribuir el agua que plantas y fuentes requerían en grandes proporciones.


A la muerte del Rey Sol, su bisnieto y heredero Luis XV contaba con solo 5 años de edad. Había nacido en Versalles y allí asumió el poder cuando llegó a la edad adulta. Por consejo de su bisabuelo, el nuevo monarca no realizó grandes gastos en construcción, pero era un gran amante de la botánica y creó un nuevo jardín, una escuela botánica y un invernadero junto al Trianón. En 1762, el soberano ordenó edificar un palacio más sencillo que le permitiera pasar más tiempo cerca de las plantas. Es el conocido Petit Trianon. Aquí enfermó de viruela y falleció.

Al ascender al trono Luis XVI, nieto del anterior, Versalles sufrió una gran transformación. Al nuevo monarca le gustaba el estilo de jardinería que practicaban los ingleses e intentó aplicarlo en sus terrenos. Debido a la topografía, la idea del jardín inglés no resultó, y se retomó el estilo francés. Muchos de los bosques plantados por el Rey Sol desaparecieron durante este periodo.


En 1791, Luis XVI y su esposa, Maria Antonieta, abandonaron Versalles (y este mundo poco después) por decisión de la Convención Nacional, el gobierno de la nueva República. Los jardines también cayeron en desgracia, se talaron árboles y algunos sectores del parque fueron destruidos.

Claude Marie Richard, director del jardín botánico durante aquellos fatídicos días, acudió al gobierno francés para rogar su protección. Lo consiguió argumentando que los terrenos podían servir como huertos y para plantar frutales, cosa que nunca sucedió. El jardín se abrió al público, pero se fue degradando en los años posteriores.

Con la llegada de Pierre de Nolhac, director del museo de Versalles desde 1886, comenzó una nueva era en el castillo y sus jardines. Nolhac era un apasionado historiador que dedicó gran parte de su vida a investigar el pasado de aquel dominio. Su intención era devolverle el aspecto que tuvo en sus tiempos de gloria y lo consiguió. Gracias a él y a quienes continuaron el proyecto en los años siguientes, Versalles es la maravilla que hoy en día podemos contemplar.


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